—El nombre de Anne Elliot —dijo—, hace ya tiempo que me resulta interesante. Desde hace muchísimo que ejerce un encanto sobre mi imaginación y, si me atreviera, manifestaría mis deseos de que ese nombre no cambie jamás.
Tales, creía ella, habían sido sus palabras; pero apenas había percibido su sonido, cuando su atención fue captada por otros ruidos inmediatamente detrás de ella, que hicieron que todo lo demás pareciera insignificante. Su padre y Lady Dalrymple estaban hablando.
—Un hombre de buen parecer —dijo Sir Walter—, un hombre de muy buen parecer.
—¡Un joven excelente, sin duda! —dijo lady Dalrymple—. Más prestancia de la que suele verse en Bath. Irlandés, me atrevería a decir.
—No, solo sé su nombre. Un conocido de saludo. Wentworth; el capitán Wentworth de la marina. Su hermana se casó con mi inquilino en Somersetshire, los Croft, que alquilan Kellynch.
Antes de que Sir Walter hubiera llegado a este punto, los ojos de Anne habían encontrado la dirección correcta y distinguido al capitán Wentworth de pie entre un grupo de hombres a poca distancia.
Al posarse los ojos de ella en él, los de él parecieron retirarse de los de ella. Tal fue la impresión. Parecía como si ella hubiera llegado un momento demasiado tarde; y durante todo el tiempo que se atrevió a observar, él no volvió a mirar: pero la representación iba a comenzar de nuevo, y ella se vio obligada a fingir que devolvía su atención a la orquesta y a mirar fijamente hacia el frente.
Cuando pudo volver a mirarlo, él se había alejado. No podría haberse acercado más a ella aunque hubiera querido; estaba tan rodeada y encerrada: pero ella habría preferido captar su mirada.