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nydus/PersuasionPublic
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XXII

perfectamente dispuesta, y trató de parecerlo; pero sentía que, de haber sabido Henrietta el pesar y la reticencia de su corazón al dejar aquella silla, al prepararse para abandonar la habitación, habría encontrado, en todas sus propias sensaciones hacia su primo, en la seguridad misma de su afecto, motivos para compadecerla.

Sin embargo, sus preparativos se vieron truncados. Se oyeron ruidos alarmantes; otros visitantes se acercaron y la puerta se abrió de par en par para dar paso a Sir Walter y la señorita Elliot, cuya entrada pareció infundir un frío general.

Anne sintió una opresión instantánea y, mires donde mirases, veía indicios de lo mismo. La comodidad, la libertad, la alegría de la estancia habían terminado, reducidas a una fría compostura, a un silencio obstinado o a una charla insípida, para estar a la altura de la desalmada elegancia de su padre y su hermana.

¡Qué mortificante era sentir que así fuera!

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