No podía quedarse. Habría podido ser una oportunidad para observar los amores y celos de los cuatro —ahora estaban todos juntos—, pero no podía quedarse a nada de aquello. Era evidente que Charles Hayter no le tenía mucha simpatía al capitán Wentworth. Tenía la fuerte impresión de que él había dicho, en tono molesto, tras la intervención del capitán Wentworth: «Debiste haberme hecho caso, Walter; te dije que no molestaras a tu tía»; y alcanzaba a comprender que sintiera remordimiento de que el capitán Wentworth hiciera lo que él mismo debería haber hecho.
Pero ni los sentimientos de Charles Hayter, ni los de nadie, podían interesarle hasta que hubiera ordenado un poco mejor los suyos propios. Se avergonzaba de sí misma, se avergonzaba profundamente de estar tan nerviosa, tan abrumada por una fruslería; pero así era, y le hizo falta una larga dosis de soledad y reflexión para recuperarse.