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nydus/PersuasionPublic
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Capítulo V

diente suyo y esas pecas. Las pecas no me disgustan tanto a mí como a él. He conocido un rostro no materialmente desfigurado por algunas, pero él las aborrece. Debe de haberle oído reparar en las pecas de la señora Clay.

«Difícilmente hay defecto personal alguno —respondió Anne— al que unos modales agradables no logren reconciliar a uno poco a poco».

—Yo opino de muy distinta manera —respondió Elizabeth con brusquedad—; unos modales agradables pueden realzar unos rasgos hermosos, pero jamás podrán alterar unos corrientes. De todos modos, como en este asunto me juego mucho más que cualquier otra persona, creo que está de más que me aconsejes.

Anne había terminado; contenta de que hubiera pasado, y no del todo desesperanzada de hacer el bien. Elizabeth, aunque resentida por la sospecha, aún podía volverse observadora gracias a ella.

El último servicio de los cuatro caballos de coche fue llevar a Sir Walter, a la señorita Elliot y a la señora Clay a Bath.

El grupo partió de muy buen humor; Sir Walter, preparado con condescendientes reverencias para todos los afligidos arrendatarios y aldeanos que hubieran recibido alguna indirecta para dejarse ver, y Anne subió al mismo tiempo, con una especie de desolada tranquilidad, al pabellón, donde iba a pasar la primera semana.

Su amiga no estaba de mejor humor que ella. Lady Russell sentía enormemente esta disolución de la familia. Su respetabilidad le era tan cara como la propia, y el trato diario se había vuelto precioso por la costumbre. Era doloroso contemplar sus terrenos desiertos, y peor aún anticipar en qué nuevas manos iban a caer; y para escapar de la soledad y la melancolía

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