—¡Ah! —exclamó el capitán Harville, con un tono de profunda emoción—, ¡si pudiera hacerle comprender lo que sufre un hombre cuando echa una última mirada a su esposa y a sus hijos, y observa el bote en el que los ha enviado, mientras sigue a la vista, y luego se vuelve y dice: «¡Sólo Dios sabe si volveremos a vernos!»!
Y luego, si pudiera transmitirle el fervor de su alma cuando por fin vuelve a verlos; cuando, al regresar tras una ausencia de quizás doce meses, y verse obligado a recalar en otro puerto, calcula lo pronto que será posible reunirse con ellos allí, fingiendo engañarse a sí mismos y diciendo: «No podrán estar aquí hasta tal día», ¡pero esperando todo el tiempo que lleguen doce horas antes, y viéndolos llegar al fin, como si el cielo les hubiera dado alas, muchas horas antes todavía!
¡Si pudiera explicarle todo esto, y todo lo que un hombre puede soportar y hacer, y lo que se enorgullece de hacer, por el bien de estos tesoros de su existencia! ¡Hablo, ya sabe, sólo de los hombres que tienen corazón! —se presionó el pecho con emoción.
—¡Oh! —exclamó Anne con entusiasmo—, ¡espero hacer justicia a todo lo que sienten ustedes y quienes se les parecen! ¡Dios me libre de menospreciar los sentimientos cálidos y fieles de cualquiera de mis semejantes! Merecería el más absoluto desprecio si osara suponer que el verdadero afecto y la constancia son exclusivos de la mujer. No, les creo capaces de todo lo grande y bueno en su vida conyugal. Los creo capaces de cualquier esfuerzo importante y de cualquier abnegación doméstica, siempre y cuando —si se me permite la expresión—, siempre y cuando tengan un objetivo. Me refiero a mientras la mujer a la que aman viva, y viva para ustedes. El único privilegio que reclamo para mi propio sexo (no es muy envidiable; no tienen por qué codiciarlo) es el de amar por más tiempo, cuando la existencia o la esperanza han desaparecido.