¿Quién puede dudar de lo que vino después?
Cuando a dos jóvenes se les mete en la cabeza casarse, es casi seguro que, a base de perseverancia, saldrán con la suya, por muy pobres que sean, o muy imprudentes, o por poco necesarios que parezcan para la felicidad definitiva del otro.
Puede que esto sea una mala moraleja para terminar, pero creo que es la verdad; y si tales parejas lo consiguen, ¿cómo iban a fracasar un capitán Wentworth y una Anne Elliot, con la ventaja de la madurez mental, la conciencia de estar obrando bien y una fortuna independiente entre ambos, a la hora de vencer cualquier oposición?
De hecho, habrían podido con mucho más de lo que encontraron, pues hubo poco que les afligiera más allá de la falta de amabilidad y calidez.
Sir Walter no puso objeciones, y Elizabeth no hizo nada peor que mostrarse fría e indiferente.
El capitán Wentworth, con veinticinco mil libras y tan alto en su profesión como el mérito y la actividad podían situarle, ya no era un Don Nadie. Ahora era considerado muy digno de cortejar a la hija de un baronet necio y derrochador, que no había tenido la honradez ni el juicio suficientes para mantenerse en la situación en que la Providencia le había colocado, y que por el momento solo podía darle a su hija una pequeña parte de la porción de diez mil libras que le correspondería en el futuro.
Sir Walter, en verdad, aunque no tenía ningún afecto por Anne, ni ninguna vanidad halagada como para hacerlo verdaderamente feliz en la ocasión, estaba muy lejos de considerarlo un mal matrimonio para ella.