un hombre sensato, un hombre agradable, que hablaba bien, profesaba buenas opiniones, parecía juzgar con acierto y como un hombre de principios, todo esto estaba bastante claro. Él sabía ciertamente lo que era correcto, ni ella podía señalar un solo punto del deber moral que hubiera transgredido de forma evidente; pero aun así, no se habría atrevido a poner la mano en el fuego por su conducta. Desconfiaba del pasado, si no del presente. Los nombres que de vez en cuando salían a relucir de antiguos conocidos, las alusiones a anteriores costumbres y ocupaciones, sugerían sospechas desfavorables sobre lo que había sido. Veía que había habido malos hábitos; que viajar en domingo había sido algo común; que había habido una etapa en su vida (y probablemente no corta) en la que había sido, como mínimo, negligente en todos los asuntos serios; y, aunque ahora pudiera pensar de muy distinta manera, ¿quién podía responder de los verdaderos sentimientos de un hombre inteligente y cauto, llegado a una edad en la que se sabe apreciar una buena reputación? ¿Cómo se podría averiguar jamás si su mente estaba verdaderamente purificada?
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Capítulo XVII
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