Esta era la parte de interés que el sir Walter y Elizabeth encontraban en la carta; cuando la señora Clay hubo pagado su tributo de una atención más decorosa, interesándose por la señora Charles Musgrove y sus hermosos hijitos, Anne quedó en libertad.
En su propia habitación, intentó comprenderlo. ¡Con razón podía preguntarse Charles qué sentiría el capitán Wentworth! Tal vez se había retirado del campo, había renunciado a Louisa, había dejado de amar, había descubierto que no la amaba.
No soportaba la idea de la traición o la frivolidad, ni de nada parecido al maltrato entre él y su amiga. No soportaba que una amistad como la de ellos fuera rota injustamente.
¡El capitán Benwick y Louisa Musgrove! La entusiasta y parlanchina Louisa Musgrove, y el abatido, reflexivo, sensible y lector capitán Benwick, parecían ser el uno para el otro todo aquello que no convenía. ¡Sus temperamentos eran de lo más disímiles! ¿Dónde habría estado el atractivo? La respuesta no tardó en presentarse. Había estado en las circunstancias. Habían pasado juntos varias semanas; habían estado conviviendo en el mismo pequeño círculo familiar: desde la partida de Henrietta, debieron de haber dependido casi por completo el uno del otro, y Louisa, que acababa de recuperarse de una enfermedad, se encontraba en una situación interesante, y el capitán Benwick no era inconsolable. Ese era un punto que Anne no había podido evitar sospechar antes; y lejos de sacar la misma conclusión que Mary del actual curso de los acontecimientos, estos no sirvieron sino para confirmar la idea de que él había sentido algún principio de afecto hacia ella misma. No pretendía,