Unos pocos días más, y se supo que el capitán Wentworth estaba en Kellynch; el señor Musgrove le había hecho una visita y había vuelto deshecho en alabanzas hacia él, y ya había quedado en cenar en Uppercross con los Croft al término de otra semana.
Había sido una gran decepción para el señor Musgrove descubrir que no se podía fijar una fecha más cercana, tan impaciente estaba por mostrar su gratitud recibiendo al capitán Wentworth bajo su propio techo y dándole la bienvenida a lo mejor y más recio de sus bodegas.
Pero debía pasar una semana; solo una semana, según los cálculos de Anne, y entonces, suponía, tendrían que verse; y pronto empezó a desear poder sentirse segura siquiera durante una semana.
El capitán Wentworth devolvió muy temprano la gentileza del señor Musgrove, y ella estuvo a punto de ir a visitarlos en ese mismo lapso de media hora. Ella y Mary en realidad se ponían en marcha hacia la Gran Residencia, donde, según supo después, inevitablemente lo habrían encontrado, cuando fueron detenidas porque en ese mismo momento traían de vuelta a casa al hijo mayor a consecuencia de una mala caída. La situación del niño dejó la visita totalmente de lado; pero ella no pudo enterarse de su huida con indiferencia, aun en medio de la seria preocupación que sintieron después por su causa.
Se descubrió que tenía la clavícula dislocada, y una lesión tal en la espalda que hizo surgir las ideas más alarmantes. Fue una tarde de angustia, y Anne tuvo que hacerlo todo a la vez: mandar a buscar al boticario, perseguir e informar al padre, sostener a la madre y evitarle los ataques histéricos, controlar a los sirvientes, desterrar al hijo menor y atender y calmar al pobre sufriente; además de enviar, tan pronto como lo recordó,