Por unos instantes, su imaginación y su corazón quedaron embrujados. La idea de llegar a ser lo que su madre había sido; de que el precioso nombre de «Lady Elliot» resucitara primero en ella; de ser restituida a Kellynch, llamándolo de nuevo su hogar, su hogar para siempre, era un encanto al que no pudo resistirse de inmediato. Lady Russell no dijo una palabra más, deseosa de dejar que el asunto surtiera efecto por sí solo; y creyendo que, ¡si el señor Elliot en ese momento hubiera podido hablar por sí mismo con propiedad! —creía, en suma, lo que Anne no creía. La misma imagen del señor Elliot hablando por sí mismo devolvió la compostura a Anne. El encanto de Kellynch y de «Lady Elliot» se desvaneció por completo. Jamás podría aceptarlo. Y no era solo que sus sentimientos siguieran siendo contrarios a cualquier hombre que no fuera uno; su juicio, tras una consideración seria de las posibilidades de tal caso, estaba en contra del señor Elliot.
Aunque ya se conocían desde hacía un mes, ella no terminaba de estar convencida de conocer realmente su carácter. Que era