Por primera vez desde que se habían vuelto a ver, sintió que era ella la que delataba un poco más de sensibilidad de los dos. Ella llevaba la ventaja de la preparación de los últimos minutos. Todos los efectos arrolladores, cegadores, desconcertantes y primarios de la gran sorpresa ya habían pasado para ella. Aun así, ¡tenía bastante que sentir! Era agitación, dolor, placer, algo a medio camino entre el deleite y la desdicha.
Él le habló y luego se apartó. Su actitud denotaba incomodidad. Ella no habría podido calificarla ni de fría ni de amistosa, ni de nada con tanta certeza como de incómoda.
Tras un breve intervalo, sin embargo, se acercó a ella y volvió a hablarle.
Intercambiaron preguntas rutinarias sobre temas comunes; probablemente ninguno de los dos sacó mucho en limpio de lo que oyó, y Anne seguía plenamente consciente de que él se encontraba menos a sus anchas que antes.
A fuerza de estar tanto tiempo juntos, habían llegado a hablarse con una gran dosis de aparente indiferencia y calma; pero ahora él no podía hacerlo. El tiempo le había cambiado, o Louisa le había cambiado. Había allí algún tipo de turbación.
Tenía muy buen aspecto, no parecía haber sufrido en su salud ni en su ánimo, y habló de Uppercross, de los Musgrove, ¡y hasta de Louisa!, e incluso esbozó un fugaz destello de su antigua y pícara expresividad al nombrarla; pero aun así no era el capitán Wentworth cómodo, ni relajado, ni capaz de fingir que lo estaba.
A Anne no le sorprendió, pero le dolió observar que Elizabeth no quería reconocerlo. Vio que él la había visto, que Elizabeth lo había visto a él, que por ambas partes se produjo un reconocimiento interior absoluto;