Había un punto que a Anne, a su regreso con la familia, le habría resultado más reconfortante averiguar incluso que el enamoramiento de Mr. Elliot por Elizabeth: a saber, que su padre no estuviera enamorado de Mrs. Clay; y, pocas horas después de haber vuelto a casa, estaba muy lejos de estar tranquila al respecto.
Al bajar a desayunar a la mañana siguiente, descubrió que por parte de la señora acababa de haber un pretexto decoroso de querer marcharse. Pudo imaginar a Mrs. Clay diciendo que «ahora que había venido Miss Anne, no podía suponer que la necesitaran en absoluto»; pues Elizabeth le estaba replicando en voz baja: «Esa no debe ser una razón, en efecto. Le aseguro que para mí no lo es. Ella no es nada comparada con usted»; y llegó a tiempo de oír decir a su padre: «Mi querida señora, esto no puede ser. Hasta ahora no ha visto usted nada de Bath. Solo ha estado aquí para ser útil. No debe huir de nosotros ahora. Debe quedarse a conocer a Mrs. Wallis, a la hermosa Mrs. Wallis. Bien sé que para su distinguido espíritu la contemplación de la belleza es un verdadero deleite».
Habló y miró con tanta sinceridad que a Anne no le sorprendió ver a la señora Clay lanzando una furtiva mirada a Elizabeth y a ella misma. Su rostro, tal vez, expresaba cierta cautela; pero los elogios a su excelente inteligencia no parecieron despertar el menor pensamiento en su hermana. La dama no pudo menos que ceder ante tan unidas súplicas y prometer quedarse.
En el transcurso de la misma mañana, dándose la casualidad de que Anne y su padre se encontraban a solas, él comenzó a felicitarla por su mejor aspecto; le parecía que estaba «menos delgada de cuerpo, de mejillas; su piel, su cutis, enormemente mejorados; más claros, más frescos. ¿Había estado usando algo en particular?».