amiga se habían resfriado el día anterior», etcétera, etcétera; todo lo cual se hizo y se recibió con la mayor educación posible, pero entonces le tocaba el turno a ella. Sir Walter habló de su hija menor; «el señor Elliot debía concederle el permiso de presentársela» (no hubo ocasión de acordarse de Mary); y Anne, sonriendo y enrojeciendo, mostró muy decorosamente al señor Elliot los bonitos rasgos que él de ningún modo había olvidado, y vio al instante, con diversión ante su pequeño sobresalto de sorpresa, que no tenía la menor idea de quién era ella. Parecía completamente atónito, pero no más atónito que complacido; ¡sus ojos se iluminaron!, y con la más perfecta presteza celebró el parentesco, aludió al pasado y suplicó que se le recibiera ya como un conocido. Era tan apuesto como había parecido en Lyme, su rostro mejoraba al hablar, y sus modales eran exactamente los que debían ser, tan pulidos, tan naturales, tan particularmente agradables, que solo podía comparar su excelencia con los de una sola persona. No eran los mismos, pero quizás eran igual de buenos.
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