—Seguro que lo hiciste. ¿Qué otra cosa iba a hacer un muchacho como tú en tierra durante medio año seguidito? Si un hombre no tiene esposa, enseguida le entran ganas de volver a navegar.
—Pero, capitán Wentworth —exclamó Luisa—, qué fastidiado debió de haber estado cuando llegó al Asp, al ver qué cosa tan vieja le habían tocado.
—Bien sabía yo lo que era antes de ese día —dijo él, sonriendo.
—No me quedaban más descubrimientos por hacer que los que harías tú respecto al corte y la resistencia de una vieja pelliza que hubieras visto andar de préstamo entre la mitad de tus conocidos desde que tienes uso de razón, y que al fin, en un día muy lluvioso, te la prestan a ti. ¡Ah! Fue una querida vieja Áspid para mí. Hizo todo lo que yo quería. Sabía que lo haría. Sabía que o nos iríamos a pique juntos, o ella sería mi salvación; y no tuve ni dos días de mal tiempo en todo el tiempo que estuve en el mar con ella; y después de apresar los suficientes corsarios como para entretenerme mucho, tuve la buena suerte, en mi travesía de regreso el otoño siguiente, de tropezar con la mismísima fragata francesa que deseaba.
La llevé a Plymouth; y aquí otra muestra de suerte. No llevábamos seis horas en el Sound cuando se desató un vendaval que duró cuatro días y cuatro noches, y que se habría cargado a la pobre vieja Áspid en la mitad de tiempo, pues nuestro roce con la Gran Nación no había mejorado mucho sus condiciones. Veinticuatro horas más tarde, y yo no habría sido más que un gallardo capitán Wentworth en un breve párrafo en una esquina de los periódicos; y al haberme perdido en un simple balandro, nadie se habría acordado de mí.
Los escalofríos de Anne eran solo para ella; pero las señoritas Musgrove podían ser tan abiertas como sinceras en sus exclamaciones de compasión y horror.