nuevos intereses en las opiniones de Henrietta hubieran puesto a su amiga de alguna manera en gracia ante cualquier miembro de la familia Musgrove; sin embargo, solo tuvo tiempo para una respuesta general y el deseo de que hubiera otra mujer así en Uppercross, antes de que todos los temas cesaran de repente al ver que Louisa y el capitán Wentworth se acercaban a ellas. Venían también a dar un paseo hasta que el desayuno estuviera listo; pero Louisa, recordando inmediatamente después que tenía que comprar algo en una tienda, los invitó a todos a volver con ella al pueblo. Todos se pusieron a su disposición.
Al llegar a los escalones que subían desde la playa, un caballero, que en ese mismo momento se disponía a bajar, se retiró cortésmente y se detuvo para darles paso.
Subieron y pasaron junto a él; y al pasar, el rostro de este se fijó en el de Anne, y la miró con un grado de fervorosa admiración ante la cual ella no pudo permanecer indiferente. Se veía sumamente bien; sus facciones, muy regulares y bonitas, habían recuperado el rubor y la frescura de la juventud gracias al agradable viento que le había azuzado el cutis, y a la viveza en la mirada que este también le había provocado.
Era evidente que el caballero (todo un caballero en sus maneras) la admiraba enormemente. El capitán Wentworth se volvió hacia ella al instante de un modo que demostraba que lo había notado. Le dedicó una mirada fugaz, una mirada radiante, que parecía decir: «Ese hombre está impresionado contigo, e incluso yo, en este momento, vuelvo a ver algo parecido a la antigua Anne Elliot».
Después de atender a Louisa en sus asuntos, y de remolonear un poco más, regresaron a la posada; y Anne, al pasar poco después rápidamente de su propia habitación al comedor de ellos, estuvo a punto de chocar contra el mismísimo caballero al salir este de una habitación contigua.