los barcos, que apenas les había causado impresión en su momento; y que la señora Musgrove se acordara de repente, este mismo día, del nombre de Wentworth, relacionándolo con su hijo, parecía uno de esos extraordinarios chispazos mentales que a veces ocurren.
Ella había acudido a sus cartas y lo había hallado todo tal como suponía; y la relectura de esas cartas, tras un intervalo tan largo, con su pobre hijo desaparecido para siempre, y ya olvidada toda la gravedad de sus defectos, había afectado enormemente su ánimo y la había sumido en un dolor por él mayor que el que había sentido al enterarse por primera vez de su muerte.
El señor Musgrove, en menor grado, se vio afectado asimismo; y cuando llegaron a la caseta, necesitaban evidentemente, primero, que los escucharan de nuevo sobre este tema y, después, todo el alivio que unos compañeros alegres pudieran brindarles.
Oírles hablar tanto del capitán Wentworth, repitiendo su nombre tan a menudo, devanándose los sesos con los años pasados y concluyendo por fin que podía ser, que probablemente sería, el mismo capitán Wentworth a quien recordaban haber visto, una o dos veces, tras su regreso de Clifton —un joven muy apuesto—, aunque no sabían precisar si había sido hace siete u ocho años, supuso un nuevo tipo de prueba para los nervios de Anne. No tardó en comprender, sin embargo, que era una prueba a la que tendría que habituarse. Puesto que se esperaba su llegada al condado, debía aprender a mantenerse insensible ante tales cuestiones. Y no solo parecía que era esperado, y muy pronto, sino que los Musgrove, en su profundo agradecimiento por la bondad que había mostrado hacia el pobre Dick, y su altísimo respeto por su carácter —avalado por el hecho de que el pobre Dick hubiera estado seis meses bajo su tutela, y mencionándole con sinceros, aunque no muy bien ortografiados elogios, como «un muchacho estupendo y audaz, solo que muy estricto con el maestro»—, estaban empeñados en presentarse y buscar su amistad tan pronto como tuvieran noticia de su llegada.