—Disminución, ya lo entiendo —respondió la señora Smith—. Él cree que la señora Clay le teme, consciente de que él la descubre, y que no se atreve a actuar como lo haría en su ausencia. Pero como tendrá que ausentarse tarde o temprano, no veo cómo podrá estar nunca seguro mientras ella mantenga su actual influencia.
La señora Wallis tiene una ocurrencia divertida, según me cuenta la enfermera, y es que se estipule en las capitulaciones matrimoniales, cuando usted y el señor Elliot se casen, que su padre no ha de casarse con la señora Clay. Un plan digno del entendimiento de la señora Wallis, por lo que cuentan; pero mi sensata enfermera Rooke ve lo absurdo que es.
«Bueno, claro está, señora —dijo ella—, eso no impediría que se casase con cualquier otra».
Y, la verdad, para ser sincera, no creo que la enfermera, en el fondo, sea una ferviente opositora a que Sir Walter vuelva a casarse. Hay que reconocer que es partidaria del matrimonio, ya sabe; y (puesto que el egoísmo siempre se cuela) ¿quién puede decir que no tenga algunas vagas visiones de asistir a la próxima Lady Elliot, por recomendación de la señora Wallis?
—Me alegra mucho saber todo esto —dijo Anne, tras unos momentos de reflexión—. Será más doloroso para mí en ciertos aspectos estar en su compañía, pero sabré mejor qué hacer. Mi línea de conducta será más directa. El señor Elliot es evidentemente un hombre poco sincero, artificial y mundano, que nunca ha tenido mejor principio para guiarle que el egoísmo.