en Marlborough Buildings y había sido admitido en su círculo a través de Mr. Elliot por expresa petición propia, había mencionado un par de cosas relativas al matrimonio que atenuaban considerablemente el descrédito del mismo.
El coronel Wallis conocía al señor Elliot desde hacía mucho tiempo, también había estado bien familiarizado con su esposa, y había comprendido perfectamente toda la historia.
Ciertamente ella no era una mujer de alcurnia, pero sí culta, dotada de talentos, rica y excesivamente enamorada de su amigo. Ahí había estado el encanto. Ella lo había buscado. Sin ese atractivo, ni todo su dinero habría tentado a Elliot, y a Sir Walter se le aseguraba, además, que había sido una mujer muy hermosa.
Aquí había mucho para suavizar el asunto. ¡Una mujer muy hermosa, con una gran fortuna, enamorada de él! Sir Walter parecía admitirlo como una disculpa completa; y aunque Elizabeth no podía ver la circunstancia con una luz tan favorable, admitió que era una gran atenuación.
Mr. Elliot había hecho numerosas visitas, había cenado con ellos una vez, encantado sin duda por la distinción de haber sido invitado, ya que por lo general no daban cenas; encantado, en suma, por cada muestra de atención familiar, y poniendo su entera felicidad en mantener un trato íntimo en Camden Place.
Anne escuchaba, pero sin llegar a comprenderlo del todo.
Sabía que debían hacerse concesiones, grandes concesiones, a las ideas de quienes hablaban. Lo oía todo con adornos. Todo lo que sonaba extravagante o irracional en el transcurso de la reconciliación podía no tener otro origen que el lenguaje de los narradores.