enamorado de una Elliot, o por no querer creer que Anne fuera un mayor atractivo para Uppercross que ella misma, lo cual debe dejarse a la conjetura. La buena voluntad de Anne, sin embargo, no iba a disminuir por lo que oyó. Reconoció audazmente que se sentía halagada y continuó con sus preguntas.
—¡Oh! habla de ti —exclamó Charles— en unos términos...
Mary lo interrumpió: —Te aseguro, Charles, que en todo el tiempo que estuve allí no le escuché mencionar a Anne ni dos veces. Te aseguro, Anne, que no habla de ti para nada.
—No —admitió Charles—, no sé que lo haga jamás, en términos generales; pero, sea como fuere, es evidente que te admira muchísimo. Tiene la cabeza llena de unos libros que está leyendo por recomendación tuya, y quiere hablar contigo sobre ellos; ha descubierto algo en uno de ellos que cree... ¡oh!, no puedo pretender recordarlo, pero era algo muy hermoso. Se lo escuché contar a Henrietta con todo detalle; ¡y entonces se habló de la «señorita Elliot» en los términos más elogiosos! Vaya, Mary, te juro que fue así, lo oí con mis propios oídos, y tú estabas en la otra habitación. «Elegancia, dulzura, belleza.» ¡Vaya!, los encantos de la señorita Elliot no tenían fin.
—Y estoy segura —exclamó Mary con calidez— de que le honra muy poco, si es que lo hizo. Miss Harville murió apenas el pasado mes de junio. Un corazón así vale muy poco la pena; ¿verdad, Lady Russell? Estoy segura de que usted coincidirá conmigo.
—Debo ver al capitán Benwick antes de decidir —dijo Lady Russell, sonriendo.
—Y muy probablemente lo haga muy pronto, se lo aseguro, señora —dijo Charles.