Anne estaba ahora allí para defender su propia causa, y la sinceridad de sus modales bastando pronto para convencerlo —en un asunto en el que la convicción era, por lo menos, muy agradable—, él ya no tuvo más escrúpulos en cuanto a que la dejaran cenar sola, aunque todavía deseaba que se uniera a ellos por la noche, cuando el niño pudiera estar descansando para pasar la noche, y amablemente le insitó en que la dejaría venir a buscarla, pero ella fue totalmente inconvencible; y siendo este el caso, no tardó en tener el placer de verlos partir juntos muy animados.
Se habían ido, esperaba, para ser felices, por extrañamente construida que pareciera tal felicidad; en cuanto a ella, se quedaba con tantas sensaciones de bienestar como las que, tal vez, le corresponderían jamás. Sabía que le era de máxima utilidad al niño; ¿y qué le importaba que Frederick Wentworth estuviera a solo media milla de distancia, haciéndose el simpático con otras?
Le habría gustado saber qué opinaba él sobre un encuentro. Quizá fuera indiferente, si es que la indiferencia podía existir bajo tales circunstancias. Él debía de ser o bien indiferente o bien reacio. Si hubiera deseado volver a verla alguna vez, no habría tenido que esperar hasta este momento; habría hecho lo que ella no podía por menos de creer que habría hecho en su lugar hacía ya mucho tiempo, cuando los acontecimientos le habían otorgado pronto la independencia que era lo único que le había faltado.
Su hermano y su hermana volvieron encantados con su nuevo conocido y con su visita en general. Había habido música, canto, charla, risas, todo lo más agradable; unos modales encantadores en el capitán Wentworth, nada de timidez ni reserva; parecía que todos se conocían a la perfección, y él iba a ir a la mañana siguiente misma a cazar con Charles. Iba a venir a desayunar, pero no a la Cabaña, aunque eso se había propuesto al principio; pero luego le habían insistido para que fuera a la