según conviniera, y permanecerían allí hasta que la querida Louisa pudiera ser trasladada. Tenían que quitarle parte de las molestias a la buena gente con la que ella estaba; al menos podrían relevar a la señora Harville del cuidado de sus propios hijos; y, en suma, estaban tan felices con la decisión, que Anne quedó encantada con lo que había hecho y sintió que no podía emplear mejor su última mañana en Uppercross que ayudando en los preparativos de ellos y despachándolos a una hora temprana, aunque la consecuencia fuera quedarse sola a sus anchas por toda la
Ella era la última, a excepción de los pequeños de la casita, era la última de todas, la única que quedaba de cuantas personas habían llenado y dado vida a ambas casas, de cuantas habían conferido a Uppercross su carácter alegre.
¡Unos pocos días habían traído un cambio verdaderamente radical!
Si Louisa se recuperaba, todo volvería a ir bien. Se restablecería una felicidad mayor que la anterior. No cabía la duda, en su mente no la había, de lo que seguiría a su recuperación.
¡Unos meses más tarde, y la habitación ahora tan desierta, ocupada solo por su silenciosa y pensativa persona, podría llenarse de nuevo con todo lo feliz y alegre, todo lo radiante y luminoso de un amor próspero, todo lo más disímil de Anne Elliot!
Una hora de total tranquilidad para cavilaciones como aquellas, en un sombrío día de noviembre, con una lluvia fina que casi borraba los poquísimos objetos que jamás se alcanzaban a distinguir desde las ventanas, bastó para hacer que el ruido del carruaje de Lady Russell fuera sumamente bienvenido; y sin embargo, aunque deseaba marcharse, no podía abandonar la Mansión, ni despedirse con la mirada de la Cabaña, con su galería negra, chorreante y desoladora, ni siquiera advertir a través de los cristales empañados las últimas y humildes viviendas del pueblo, sin un profundo pesar en el corazón.