No culpaba a Lady Russell, no se culpaba a sí misma por haberse dejado guiar por ella; pero sentía que si alguna persona joven, en circunstancias similares, le pidiera consejo, jamás recibiría de ella uno que condujera a una miseria tan cierta e inmediata, y a un bien futuro tan incierto.
Estaba convencida de que, a pesar de todas las desventajas de la desaprobación familiar y de la constante zozobra inherente a su profesión, y de todos los temores, demoras y desengaños previsibles, habría sido una mujer más feliz manteniendo el compromiso que habiéndolo sacrificado; y esto lo creía firmemente, aun en el supuesto de que les hubiera tocado en suerte la porción habitual —e incluso una porción mayor de lo habitual— de tales inquietudes e incertidumbres, prescindiendo del desenlace real de su caso que, según se dio, les habría deparado una prosperidad más temprana de lo que razonablemente cabía esperar.
Todas sus optimistas expectativas, toda su confianza se habían visto justificadas. Su genio y su ardor habían parecido prever y dominar su próspero camino. Muy poco después de terminar su compromiso, había conseguido empleo; y todo lo que él le había dicho que sucedería, había ocurrido.
Se había distinguido y había ascendido pronto al siguiente grado, y ahora, mediante sucesivas capturas, debía de haber hecho una buena fortuna. Ella solo contaba con las listas de la marina y los periódicos como fuente, pero no podía dudar de que era rico; y, a favor de su constancia, no tenía motivos para creerlo casado.
¡Cuán elocuente podría haber sido Anne Elliot! ¡cuán elocuentes, al menos, eran sus deseos a favor del afecto temprano y fervoroso, y de una alegre confianza en el porvenir, frente a esa cautela hiperansiosa que parece insultar al esfuerzo y desconfiar de la Providencia! A la prudencia se vio forzada en su juventud; el romanticismo lo aprendió al envejecer: la consecuencia natural de un comienzo