seguido tantos, tantísimos años de separación y distanciamiento. Allí regresaron de nuevo al pasado, quizá con una felicidad más exquisita en su reencuentro que cuando este se había planeado por primera vez; más tiernos, más probados, más firmes en el conocimiento del carácter, la sinceridad y el afecto del otro; más capaces de actuar, más justificados para hacerlo.
Y allí, mientras ascendían lentamente por la suave pendiente, ajenos a todos los grupos que los rodeaban, sin ver ni a los políticos que paseaban perezosamente, ni a las atareadas amas de casa, ni a las muchachas coqueteando, ni a las niñeras con sus niños, pudieron entregarse a aquellas retrospecciones y confesiones, y especialmente a aquellas explicaciones de lo que había precedido directamente al momento presente, que resultaban tan intensas y de un interés incesante.
Se repasaron todas las pequeñas incidencias de la semana pasada; y sobre el día de ayer y el de hoy apenas parecía haber fin.
No se había equivocado respecto a él. Los celos del señor Elliot habían sido el peso que la frenaba, la duda, el tormento.
Aquello había comenzado a actuar en la misma hora de su primer encuentro en Bath; aquello había regresado, tras una breve tregua, para arruinar el concierto; y aquello le había influido en todo lo que había dicho y hecho, o dejado de decir y hacer, en las últimas veinticuatro horas.
Habían ido cediendo gradualmente ante las mejores esperanzas que las miradas, las palabras o las acciones de ella alentaban de vez en cuando; habían sido vencidos al fin por aquellos sentimientos y aquellos tonos que le habían llegado mientras ella conversaba con el capitán Harville; y bajo cuyo irresistible influjo él había tomado una hoja de papel y desahogado sus sentimientos.