pretexto combinado de un dolor de cabeza propio y cierta recaída en la indisposición del pequeño Charles. Solo había pensado en evitar al capitán Wentworth; pero librarse de que la tomaran como árbitro se sumaba ahora a las ventajas de una tarde tranquila.
En cuanto a las intenciones del capitán Wentworth, ella consideraba de mucha más importancia que él tuviera las ideas claras a tiempo para no poner en peligro la felicidad de ninguna de las hermanas ni comprometer su propio honor, que el hecho de que prefiriera a Henrietta antes que a Louisa, o a Louisa antes que a Henrietta. Cualquiera de las dos, con toda probabilidad, le haría una esposa cariñosa y de buen carácter.
En lo que respecta a Charles Hayter, ella poseía la delicadeza necesaria para que le doliera cualquier frivolidad de conducta en una joven bien intencionada, y un corazón capaz de compadecerse de cualquiera de los sufrimientos que esto causara; pero si Henrietta se equivocaba acerca de la naturaleza de sus sentimientos, cuanto antes se comprendiera tal cambio, mucho mejor.
Charles Hayter había encontrado motivos de sobra para inquietarse y mortificarse en el comportamiento de su prima. Le tenía demasiado afecto de antiguo como para mostrarse tan totalmente distante como para que, en dos encuentros, se extinguiera toda esperanza pasada y no le quedara más remedio que mantenerse alejado de Uppercross; pero se había producido un cambio de lo más alarmante, sobre todo cuando un hombre como el capitán Wentworth debía ser considerado la causa probable.
Había estado ausente solo dos domingos y, al separarse, la había dejado interesada, hasta el colmo de sus deseos, en su perspectiva de dejar pronto su vicaría actual y obtener la de Uppercross en su lugar. Le había parecido entonces el objeto más cercano a su corazón que el doctor Shirley, el rector, que durante más de cuarenta años había