No era el señor Wentworth, el antiguo vicario de Monkford, por muy sospechosas que fueran las apariencias, sino el capitán Frederick Wentworth, su hermano que, habiendo sido ascendido a comandante a raíz de la acción de Santo Domingo y al no tener empleo inmediato, se había instalado en Somersetshire en el verano de 1806; y como no le quedaban padres vivos, encontró un hogar durante medio año en Monkford.
Era, por entonces, un joven extraordinariamente apuesto, con una gran dosis de inteligencia, espíritu y brillantez; y Anne, una muchacha sumamente bonita, dotada de dulzura, modestia, buen gusto y sensibilidad.
La mitad de los atractivos de ambas partes habría bastado, pues él no tenía nada que hacer y ella apenas a nadie a quien amar; pero el encuentro de tan generosas cualidades no podía fallar.
Se fueron conociendo poco a poco y, una vez conocidos, se enamoraron rápida y profundamente. Sería difícil decir cuál de los dos había visto la perfección más absoluta en el otro, o cuál había sido más dichoso: si ella al recibir sus declaraciones y propuestas, o él al verlas aceptadas.
Siguió un breve periodo de exquisita felicidad, pero muy breve. Pronto surgieron los problemas. Sir Walter, al ser consultado, sin llegar a negar su consentimiento ni a decir que jamás lo daría, lo otorgó con toda la negatividad de un gran asombro, una gran frialdad, un gran silencio y la firme resolución declarada de no hacer nada por su hija.
Él lo consideraba una alianza muy degradante; y Lady Russell, aunque con un orgullo más moderado y comprensible, lo recibió como una desgracia absoluta.