El capitán Harville no era hombre de lecturas; pero se había ingeniado para acondicionar un espacio excelente y había fabricado unos estantes muy bonitos para una colección aceptable de volúmenes bien encuadernados, propiedad del capitán Benwick.
Su cojera le impedía hacer mucho ejercicio; pero una mente útil e ingeniosa parecía proporcionarle una ocupación constante en el interior. Dibujaba, barnizaba, carpintereaba, encolaba; hacía juguetes para los niños; fabricaba nuevas agujas de redececilla y alfileres con mejoras; y, si ya no quedaba nada más por hacer, se sentaba ante su gran red de pesca en un rincón de la habitación.
Anne creyó haber dejado atrás una gran felicidad cuando abandonaron la casa; y Louisa, junto a la cual se encontró caminando, prorrumpió en éxtasis de admiración y deleite por el carácter de la marina; su camaradería, su hermandad, su franqueza, su rectitud; exclamando que estaba convencida de que los marinos poseían más valor y calidez que cualquier otro grupo de hombres en Inglaterra; que solo ellos sabían cómo vivir, y que solo ellos merecían ser respetados y amados.
Volvieron a vestirse y cenar; y tan bien había resultado ya el plan, que no se encontró nada malo; a pesar de que el hecho de estar «tan fuera de temporada», y de ser Lyme «un callejón sin salida», y de «no esperarse compañía», había provocado muchas disculpas por parte de los dueños de la posada.
Anne se encontraba por entonces tan habituada a estar en compañía del capitán Wentworth, mucho más de lo que al principio hubiera podido imaginar, que sentarse a su mesa y el intercambio de las atenciones habituales que ello conllevaba (nunca pasaban de ahí) se habían vuelto algo insignificante.