ti cuando se marcharon, y él contestó: > «Estabas tan cambiada que no te habría
Mary no tenía sentimientos que la hicieran respetar los de su hermana de un modo corriente, pero estaba totalmente libre de sospecha de estar infligiéndole ninguna herida particular.
“Alterado más allá de su reconocimiento”.
Anne se rindió por completo, en un silencio de profunda mortificación. Sin duda era así, y no podía tomar represalias, pues él no estaba alterado, o no para peor.
Ya se lo había reconocido a sí misma, y no podía pensar de otro modo, pensara él de ella lo que pensase.
No: los años que habían destruido su juventud y su lozanía solo le habían conferido a él un aspecto más radiante, varonil y abierto, sin mermar en ningún aspecto sus atractivos personales. Había visto al mismo Frederick Wentworth.
“¡Tan cambiada que no la habría reconocido de nuevo!” Estas eran palabras en las que no podía dejar de pensar. Sin embargo, pronto empezó a alegrarse de haberlas oído. Tenían una tendencia aleccionadora; calmaban la agitación; la serenaban y, por consiguiente, debían hacerla más feliz.
Frederick Wentworth había empleado tales palabras, o algo parecido, pero sin la menor idea de que llegarían a oídos de ella. La había encontrado desastrosamente cambiada y, en el primer momento de franqueza, había hablado tal como lo sentía. No había perdonado a Anne Elliot. Ella lo había tratado mal, lo había abandonado y defraudado; y, lo que era peor, al hacerlo había mostrado