los ojos lechosos en blanco bajo los párpados mientras tanto, y Tijón Ílich, a juzgar meramente por sus facciones desproporcionadas, lo catalogó de inmediato como a un presidiario fugitivo, una bestia fiera terrible y despiadada. Pero lo que estos vagabundos cantaban era aún más terrible. El ciego, sacudiendo sombríamente las cejas levantadas, entonaba con audacia, con una voz de tenor desagradable y nasal. Makarka, con sus ojos inmóviles centelleando, bramaba con un bajo salvaje. El efecto era immesuradamente estridente, groseramente melódico, de una antigüedad eclesiástica, potente y amenazador:
“¡La húmeda Madre-Tierra está llorando a mares, está sollozando!”
cantó el ciego.
“¡Es-tá llo-ran-do pe-sa-da-men-te, es-tá sol-lo-zan-do!”
Makarka repitió tajantemente, con convicción.
“Ante el Salvador, ante Su imagen—”
rugió el ciego.
“¡Tal vez los pecadores se arrepientan!”
amenazó Makarka, inflando sus insolentes fosas nasales. Y uniendo su voz de bajo al tenor del ciego, articuló con claridad:
«¡No escaparán del juicio de Dios! ¡No escaparán de los fuegos eternos!»
Y de pronto se calló—de acuerdo con el ciego—, se aclaró la garganta y, sencillamente, con su tono habitual e insolente, exigió: «Danos una