Y con una tenue sonrisa hizo un esfuerzo para levantar su terrible rostro, todo cubierto de pelo, y sus diminutos ojos entrecerrados.
Cuando hubo acabado de comer, soltó un suspiro, se santiguó, recogió las migas de las rodillas y se las comió; luego tanteó a los lados en busca de su morral, su bastón y su gorra, y, tras haberlos encontrado y recuperado la ecuanimidad, comenzó una pausada conversación.
Él era capaz de pasarse sentado en silencio todo el día, pero Kuzma y la Novia lo bombardeaban a preguntas, y él respondía, como si estuviera dormido y desde una gran distancia. Narraba en su lengua torpe y arcaica que el Zar estaba hecho enteramente de oro; que el Zar no podía comer pescado, pues era salado en exceso; que en cierto tiempo el profeta Elías rompió el cielo y cayó a la tierra —«era sumamente pesado»—; que Juan el Bautista era tan lanudo como un carnero cuando nació, y que en su bautismo le dio un golpe al padrino en la cabeza con su muleta de hierro para que el hombre «volviera en sí»; que cada caballo, una vez al año, el día de san Flor y san Lavr, busca la oportunidad de matar a un hombre.
Él contaba cómo en los días de antaño el centeno había crecido tan densamente que era imposible que una serpiente se arrastrase por él; cómo en aquellos tiempos segaban a razón de dos desiatinas al día por cada hombre; cómo él mismo había tenido un caballo castrado que se mantenía «atado con cadena», tan poderoso y terrible era; cómo un día, hacía sesenta años, a él, Ivanushka, le habían robado un arco de balancín por el cual no habría aceptado dos rublos.
Él estaba firmemente convencido de que su familia había muerto, no de cólera, sino porque tras un incendio se habían mudado a una nueva cabaña y habían pasado la noche en ella sin haber dejado antes pasar la noche allí a un gallo, y que él y su hijo se habían salvado únicamente por casualidad: él había dormido en el almiar.
Hacia el anochecer, Ivanushka se levantó y se marchó, sin prestar la menor atención al tiempo que hacía y sin ceder a todas las