“¡Ah!”, dijo compungido, con un profundo suspiro. “¡Ah, querido hermano! ¡Pronto, muy pronto, también nosotros deberemos comparecer ante Su trono para el juicio! Leo el Trebnik por las tardes, y lloro y me lamento sobre ese mismo libro. Me asombra enormemente; ¿cómo fue posible inventar palabras tan dulces? Pero a ver, espera un minuto—”
Y se levantó apresuradamente, sacó de detrás del espejo un grueso libro con encuadernación eclesiástica, con manos temblorosas se puso los anteojos y, con lágrimas en la voz, comenzó a leer, apresuradamente, como si temiera ser interrumpido.
«Lloro y me lamento cuando pienso en la muerte, y contemplo nuestra hermosura, moldeada a imagen de Dios, yacer en la tumba desfigurada, deshonrada, despojada de su forma…
“«En verdad, todo es vanidad, y la vida no es más que una sombra y un sueño. Porque en vano se inquieta todo aquel que nace de la tierra, como dicen las Escrituras: cuando hemos ganado el mundo, entonces hacemos nuestra morada en la tumba, donde reyes y mendigos yacen juntos...»
«¡Reyes y mendigos!», repitió Tijón Ílich con éxtasis melancólico y sacudió la cabeza.
«¡Se acabó la vida, querido hermano! Yo tenía, ya ves, una cocinera muda; le regalé a la tonta un pañuelo de tierras extranjeras, ¿y qué hace la muy tonta sino ponérselo hasta hacerlo girones, al revés! ¿Entiendes? Por estupidez y avaricia. Le dolía usarlo del derecho los días de diario, y cuando llegó una fiesta no quedó de él más que harapos. Y exactamente así es como me ha ido con mi vida. ¡Es totalmente cierto!».
Al regresar a Durnovka, Kuzma solo era consciente de un sentimiento: cierta agonía sorda. Y todos los últimos días de su estancia en Durnovka transcurrieron en esa agonía sorda.