Kuzma se santigüó con un gesto amplio cuando, al fin, escapó de aquella esclavitud. Pero ya tenía cerca de treinta años; su cabello estaba visiblemente entrecano; se había vuelto más sobrio, más serio; había abandonado sus versos, había abandonado la lectura; se había acostumbrado a las fondas, a las borracheras. Sirvió por espacio de un año menos una semana con un boyero cerca de Eletz, fue a Moscú por asuntos de su patrón y dejó el empleo. Mucho antes de eso había comenzado un romance en Vorónezh con una mujer casada, y anhelaba ir allí. Así pues, anduvo vagando por Vorónezh durante casi diez años, ocupándose de la compra de grano, del comercio de caballos y escribiendo artículos sobre el mercado de grano para los periódicos, desconcertando —o, para decirlo con mayor propiedad, envenenando— su espíritu con los artículos de Tolstói y las sátiras de Saltikov. Y, todo ese tiempo, se sentía abrumado por la convicción de que estaba desperdiciando —había desperdiciado— su vida.
—Ya ve —dijo al recordar aquellos años—, ¡eso es lo que significa: el saber sin educación!
A principios de los noventa Balashkin murió de una hernia, y Kuzma lo vio, por última vez, poco antes de su muerte. ¡Y qué entrevista aquella!
—Debo escribir —se quejó uno, con sombría ira—. Uno se marchita como un burdo en el campo.
—Sí, sí —tronó el otro. El parpadeo de su ojo moribundo ya era somnoliento, y sus mandíbulas se movían con dificultad, y el tabaco burdo no cayó como debía sobre su papel de liar—. Como dice el refrán: aprende cada hora, piensa cada hora, mira a tu alrededor toda nuestra pobreza y miseria...