ojeada a su alrededor: «¿Te has enterado? Dicen que Saltykov se está muriendo. Es el último. Cuentan que fue envenenado».
Y por la mañana—de nuevo el carro sin resortes, la estepa, el calor sofocante o el barro, una lectura tensa y dolorosa al compás de los botes de las ruedas que giraban velozmente. La prolongada contemplación de los vastos espacios de la estepa, la melodía dulcemente melancólica de los versos en su interior, interrumpida por pensamientos sobre el grano o por disputas con Tijón. El perturbador olor del camino—a polvo y alquitrán. El olor a pan de jengibre aromatizado con menta y el hedor sofocante a pieles de gato, a vellones sucios, a botas untadas con aceite de ballena. ¡Aquellos años habían sido, en verdad, un desgaste para sus fuerzas—la fatiga de no cambiarse de camisa en quince días, de comida ingerida sin el alivio de ningún líquido, de cojera causada por los talones magullados hasta sangrar, de noches pasadas en pueblos extraños, en cabañas y cobertizos extraños!