El techo zumbaba. Más allá del umbral arreciaba una ventisca impenetrable; y la nieve, que caía de los diminutos huecos de las ventanas por el puro peso de los ventisqueros, pendía como columnas de humo en el aire.
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El techo zumbaba. Más allá del umbral arreciaba una ventisca impenetrable; y la nieve, que caía de los diminutos huecos de las ventanas por el puro peso de los ventisqueros, pendía como columnas de humo en el aire.