Bueno, y el misterio del nacimiento y de la muerte—eso no le preocupaba. Después de nacer, era necesario bautizarse y vivir a nuestra propia usanza, a la rusa, no a la usanza de los perros—es decir, como los turcos y los franceses. Cuando uno moría, era indispensable recibir el Sacramento—de otro modo uno no podía escapar del infierno— y lo mejor de todo era recibir la Santa Unción con Óleo. Eso era todo.
También hay sobre la tierra insectos, flores, pájaros, animales. Pero Akim no se dignaba a pensar en las flores y los insectos; simplemente los aplastaba. Entre las plantas, solo reparaba en aquellas que daban fruto o bayas, o proporcionaban alimento. Los pájaros vuelan, cantan, y es algo de lo más galante disparar para comer a aquellos que sirven para tal fin, mientras que a los que no sirven se les debe disparar por diversión. Todas las fieras salvajes, hasta la última, deben ser exterminadas, pero el procedimiento con respecto a los animales varía: los propios deben mantenerse en buenas condiciones para que sirvan a su dueño, pero a los animales viejos y a los animales que pertenecen a otros hay que reventarles los ojos a latigazos y romperles las patas.
«Y qué le importa a él —pensaba Kuzma con tristeza—, qué es para él, dado que no tiene casa propia, que llueva o granice, o que los truenos retumben durante una semana, que los relámpagos centelleen; que tal vez en este mismo instante estén iluminando un rostro pequeño, pálido y sin vida en la oscura choza llena de moscas donde yace durmiendo aquella muchacha ciega?».
Parecía como si hubiera salido del pueblo hacía un año; como si ahora no fuera a poder arrastrarse nunca más de vuelta a él. Su gorra mojada pesaba enormemente; le dolían los pies fríos, agarrotados dentro de sus botas embarradas. En aquel único día su rostro se había curtido y quemado por la intemperie. Su cuerpo había quedado entumecido por el carro sin ballestas, por la incomodidad, por el anhelo de descanso. Pero dormir —no, aún no se podía conciliar el sueño.