¿Y qué tenía que mostrar a cambio de todas esas inquietudes?
Arrojó el cigarrillo y encendió otro nuevo. ¡Uf, pero qué bestia tan lista era aquel Makarka!; y, una vez admitido que era listo, ¿por qué no iba a ser posible que fuera capaz de prever las cosas, cuándo se avecinaba algo, y qué era, y a quién le tocaba? Algo abominable aguardaba, indudablemente, a Tikhon Ílich. Para empezar, ya no era un joven. ¡Cuántos de sus contemporáneos estaban en el otro mundo! ¡Y de la muerte y la vejez no hay escapatoria! Ni siquiera los niños lo habrían salvado. Y él no habría conocido a los niños, y los niños lo habrían encontrado tan extraño como él lo había sido para todos aquellos, vivos o muertos, que habían estado estrechamente emparentados con él.
Había tanta gente sobre la tierra como estrellas en el cielo; pero la vida es corta, la gente nace, crece y muere tan rápidamente, se conoce tan poco y olvida tan deprisa todo lo que le ha sucedido, ¡que basta para enloquecer a un hombre si se pone a reflexionar atentamente sobre el asunto! Tan solo hacía un momento se había dicho: «Habría que escribir mi vida…» Pero ¿acangún qué había sobre lo que escribir? Nada. Absolutamente nada, o nada de ninguna importancia. ¡Vaya!, si él mismo apenas lograba recordar nada de aquella vida. Por ejemplo, había olvidado por completo su infancia: de vez en cuando, es verdad, un recuerdo fugaz le cruzaba por la mente sobre algún día de verano, algún incidente, algún compañero de juegos. * Una vez le había chamuscado el gato a alguien —y le habían dado una paliza por ello—. * Alguien le había regalado una pequeña fusta con un silbido de pájaro en el mango, y eso lo había hecho indescriptiblemente feliz. * Su padre, borracho, tenía una forma muy particular de llamarlo —con afecto, con la voz cargada de tristeza—: