En la primavera, varios meses antes de la reconciliación con Tijón, Kuzmá oyó decir que iban a alquilar un jardín en el pueblo de Kazakoff, en su distrito natal, y se apresuró a ir allá. Era un paraje remoto, de tierra de mantillo negro, no lejos del lugar donde los Krasoff habían echado raíces por primera vez.
Era principios de mayo; el tiempo frío y la lluvia habían regresado tras un golpe de calor; sombrías nubes de tormenta otoñal surcaban la ciudad.
Kuzma, con un viejo abrigo y sin chanclos sobre sus rotas botas de becerro, caminaba con dificultad hacia la estación de ferrocarril más allá del Arrabal de los Fabricantes de Cañones y, sacudiendo la cabeza y haciendo muecas por causa del cigarrillo que sostenía entre los dientes, con las manos cruzadas a la espalda bajo el abrigo, sonreía para sus adentros.
Un muchachito sucio y descalzo corrió hacia él con un montón de periódicos y, mientras corría, gritó con energía la frase habitual:
«¡Huelginia geniral!»
“Estás trasnochado, muchacho —dijo Kuzma—. ¿No hay nada más moderno?”
El pequeño muchacho se detuvo, con los ojos centelleantes.
—El policía se ha llevado la noticia a la comisaría —respondió él.
—¡Viva la constitución! —dijo Kuzma con sarcasmo, y continuó su camino, saltando a través del fango, junto a cercas oscurecidas por la lluvia, junto a las ramas de jardines chorreantes y las ventanas de covachas