La finca de Durnovka estaba dispuesta según el plano de una granja. De hecho, originalmente había llevado precisamente ese título. Durnovo había poseído varias fincas y había ocupado la principal de ellas, la de Zusha.
Afanasiy Ilitch, que había cazado a la gitana con perros, solo venía de vez en cuando a Durnovka, de paso tras una expedición de caza. Nil Afansaievitch, el Mariscal de la Nobleza, no tenía inclinación por las granjas: se había pasado la vida organizando cenas, bebiendo jerez en su club, ufanándose de su gordura, de su apetito, de su tono de voz resonante —tenía una garganta de plata—, de su generosidad, de sus agudezas y de su despiste.
Y su hijo también, el Uhlán, que llevaba el nombre de su abuelo, rara vez se pasaba por Durnovka.
El Uhlán aún se consideraba un gran terrateniente. Al retirarse del servicio decidió acumular millones para demostrar cómo debía administrarse una hacienda. Pero al Uhlán no le gustaba estar en los campos, y su pasión por hacer compras contribuyó a arruinarlo: compraba casi todo lo que caía ante sus ojos. Sus viajes a Moscú y su constitución amorosa también contribuyeron a su ruina.
Su hijo, que no había terminado los estudios en el Liceo, recibió como herencia únicamente dos haciendas: Laukhino y Durnovka. Y el exalumno del Liceo las arruinó a tal punto que, durante el último año que pasó en Durnovka, las funciones de sereno las desempeñaba una vieja fregona, que rondaba por la noche con su mazo, ataviada con un abrigo roñoso de mapache.