Y Kuzmá comprendió clara y categóricamente que Balashkin había dicho la santa verdad: no estaba destinado a escribir.
Ahí estaba Sujonosy.
Durante muchos años, aquel repugnante viejo del Arrabal no había estado en su sano juicio; un viejo cuya única propiedad consistía en un colchón infestado de chinches y la capa de mujer apolillada que había heredado de su esposa. Mendigaba, enfermaba, padecía hambre, se alojaba por cincuenta kopeks al mes en un rincón de la choza ocupada por una vendedora del «pasillo de los glotones» y, según el parecer de ella, bien podría enderezar sus asuntos vendiendo su herencia.
Pero él la valoraba como a la niña de sus ojos —y, por supuesto, ni mucho menos debido a sentimientos tiernos hacia la difunta esposa—: aquello le proporcionaba la conciencia de poseer incomparablemente más bienes que los demás. Le parecía que valía un precio endiabladamente alto: «¡Hoy en día no se consiguen capas así por nada del mundo!».
No era reacio, ni lo era en absoluto, a venderla. Pero pedía un precio tan escandaloso que los posibles compradores se quedaban atónitos.
Y Kuzmá comprendía perfectamente esta tragedia del Arrabal. Pero cuando empezó a pensar en cómo debía expresarla, comenzó a revivir toda la complicada vida del Arrabal, a través de los recuerdos de su infancia, de su juventud, y se confundió, ahogó a Sujonósy en la abundancia de las imágenes que asediaban su memoria, y dejó caer las manos con desesperación, abrumado por la necesidad de expresar su propia alma, de exponer todo aquello que había mutilado su propia vida. Y lo más terrible de esa vida era el hecho de que era una vida sencilla, cotidiana, que se desmoronaba en detalles mezquinos con una rapidez incomprensible.