—Pues bien, ya es hora de casar a mi hijo —argumentó con parsimonia, mientras sostenía la pipa entre los dientes y molía las hebras de tabaco burdo frotándolas con fuerza entre las palmas de las manos—. Si se casa, traerá cada kópeck a casa, le entrarán ganas de trabajar, se pondrá a cavar alrededor de la casa como un escarabajo en un montón de estiércol. ¡Y nosotros no le tenemos miedo al trabajo, hermano! ¡Con tal de que nos den una oportunidad!
Pero Syery casi nunca tenía tranquilidad ni trabajo. Su aspecto justificaba su apodo: era gris, flaco, de estatura mediana, de hombros caídos; su chaquetita era sumamente corta, andrajosa y sucia; sus botas de fieltro estaban rotas y sus suelas hechas de cuerda; en cuanto a su gorra, no vale la pena ni mencionarla. Mientras estaba sentado en su choza, con esta gorra eternamente puesta en la cabeza, la pipa sin apartarse jamás de sus labios y meditando ansiosamente sobre algo u otro, tenía el aspecto de vivir en una