«Aún más rico que él. Sí. Y entonces va el perro y se muere. ¿Qué iba a hacer? No lo podía soportar; le daba pena el perro y tuvo que enterrarlo como Dios
Una explosión de risas resonó. El cuentacuentos mismo soltó una carcajada, y también lo hizo alguien más: alguien con tos de viejo.
—¿Será la Paja? —pensó Tijón Ílich, con desconcierto—. ¡Bueno, gloria a Dios! ¡Se lo dije yo mismo a ese tonto: «Ya volverás»!
“El campesino fue a ver al cura —continuó Oska—; fue a ver al cura: ‘Pues verá, padre, se ha muerto un perro y hay que enterrarlo’ ”.
De nuevo la cocinera no pudo contenerse y gritó jubilosa:
«¡Uf, no te detiene nada!»
«¡Dame una oportunidad de terminar!», gritó a su vez Oska, y una vez más adoptó el tono narrativo, representando ahora al sacerdote, ahora al campesino: «—Así y de este modo, batiushka... hay que enterrar al perro. El sacerdote zapateó: “¿Cómo hay que enterrarlo? ¿Dónde hay que enterrarlo? ¿En el cementerio? ¡Te haré pudrir en la prisión, haré que te pongan grilletes!”. —Batiushka, ver verá, este no es un perro cualquiera: ¡al morir le legó a usted quinientos rublos! El sacerdote dio un brinco de su asiento: “¡Necio! ¿Acaso te regaño por enterrar al perro? Te regaño por el lugar donde ha de ser enterrado. ¡Hay que enterrarlo en el atrio de la iglesia!”».
Tijon Ílich tosió ruidosamente y abrió la puerta. En la mesa, junto a la lámpara humeante cuyo tubo roto estaba remendado por un lado con un trozo de papel ennegrecido, estaba sentada la cocinera, con la cabeza inclinada y el rostro completamente cubierto por su cabello mojado. Se lo estaba peinando con un peine de madera y examinaba el peine a contraluz frente a la lámpara.