Abandonando el mostrador de la tienda, y habiendo vendido lo que su madre les había dejado, habían comenzado a comerciar; habían salido entre los pequeños rusos y hacia Vorónezh. Estaban con frecuencia en su ciudad natal, y Kuzmá conservaba su amistad con Balashkin como antaño, y leía con avidez los libros que Balashkin le daba o le recomendaba.
Esto no se parecía en nada a Tijon. A Tijon, cuando no tenía nada que hacer, también le gustaba leer; podía pasar un año entero sin tomar un libro en las manos, pero si empezaba uno, leía con rapidez hasta la última línea y, una vez terminada, rompía al instante toda relación con el libro; en cierta ocasión se había leído un tomo entero del Contemporáneo en una sola noche, no había entendido gran cosa, había declarado que lo leído era sumamente interesante, y luego había olvidado el Contemporáneo para siempre.
Tampoco Kuzma entendía mucho de lo que leía —ni siquiera en los escritos de Bielinski, Gogol y Pushkin—. Pero su comprensión crecía, no por días, sino por horas: era capaz de captar la esencia del asunto y fijarla en su corazón en un grado verdaderamente asombroso. ¿Por qué razón, entonces, cuando comprendía las palabras de Dobroliubov, desfiguraba su discurso en el mercado y decía «jacto» en vez de «hecho»? ¿Por qué, al conversar con Balashkin sobre Schiller, sentía el ardiente deseo de pedir prestado su «akordeón»? Entusiasmado con Humo, de Turguénev, sostenía sin embargo que «el que es inteligente pero no educado, tiene muchos conocimientos aun sin educación».
Al visitar la tumba de Koltzoff, escribió extasiado sobre la lápida un epitafio iletrado: