—¡Eso es, eso es, eso es! —lo interrumpió Kuzma, golpeando la mesa con la uña—. ¡Lo que más nos chifla, nuestra característica más perniciosa, es precisamente eso: una cosa son las palabras y otra muy distinta los hechos! ¡Es la auténtica tonada rusa, hermano: vivo de forma repugnante, a lo puerco, pero a pesar de todo vivo, y seguiré viviendo a lo puerco! ¡Eres un tipo, hermano! ¡Un tipo! Y ahora, hablemos de negocios.
El repique de las campanas había cesado, el canario se había callado. La gente se había reunido en el figón, y la conversación aumentaba en las mesitas. Un camarero abrió una ventana, y el bullicio del bazar también se hizo audible. En algún lugar de una tienda, una codorniz lanzaba su llamada, muy clara y melódicamente. Y mientras la charla de negocios estaba en curso, Kuzma seguía escuchándola y, de vez en cuando, intervenía con un «¡Eso es inteligente!», en voz baja. Y cuando todo hubo sido dicho, golpeó la mesa con la palma de la mano y dijo enérgicamente: «Bueno, está bien, que así sea; ¡no lo discutamos!», y metiendo la mano en el bolsillo lateral de su casaca, extrajo un verdadero montón de papeles y recortes de papel, apartó de entre ellos un librito con encuadernación de pasta jaspeada de gris y lo colocó frente a su hermano. —¡Toma! —dijo—. Cedo a tu petición y a mi propia debilidad. Es un miserable librito, versos fortuitos, escritos hace mucho tiempo. Pero está hecho, y no se puede remediar. Ten, tómalo y guárdalo fuera de la vista.
Y una vez más Tijôn Ílich, que ya se había puesto sumamente rojo en la cara por el vodka, se sintió conmovido por la conciencia de que su hermano era escritor; de que en aquella cubierta de jaspe gris estaba impreso: «Poemas de K. I. Krasof».
Dio vueltas al libro en las manos y dijo con timidez:
—Supongo que me leerás algo. ¿Eh? Te ruego que me leas tres o cuatro versos.