quién era? ¿Por qué no estaba atado? ¿Por qué andaba así vagando sin supervisión?
Y Kuzma se volvió hacia la puerta.
En la zanja que bordeaba la tapia de tierra, entre las acederas y las ortigas, alguien medio gruñía, medio roncaba.
Tropezando con los brazos extendidos, como si fuera un ciego, Kuzma se acercó a la zanja.
—¿Quién anda ahí? —gritó él.
Pero el ronquido era el de una persona borracha perdida, potente y ahogado. Todo lo demás a su alrededor estaba envuelto en un profundo sopor. Los relámpagos habían cesado; los árboles, invisibles en la oscuridad, susurraban sorda y sombríamente bajo la creciente lluvia torrencial.
Y cuando, al fin, Kuzma dio con el baño por el puro sentido del tacto, la lluvia caía sobre la tierra con tanta fuerza que comenzó a asaltarle, tal como le ocurría en su infancia, un pensamiento terrible sobre el Diluvio.
Encendió una cerilla y divisó una ancha litera cerca de la diminuta ventana. Enrollándose el abrigo, lo arrojó en el cabecero. En la oscuridad trepó a la litera y, con un suspiro profundo, se estiró en ella; se quedó tumbado boca arriba, a la usanza de los viejos, y cerró sus cansados ojos.
¡Gran Dios, qué viaje tan estúpido y fatigoso! ¿Y cómo se había arriesgado a venir hasta aquí?
En la casa solariega reinaba también ahora la oscuridad, y los relámpagos se reflejaban de forma fugaz y furtiva en los espejos.
En la choza, bajo el intenso aguacero de la lluvia, Akim dormía.