con la ropa de otro: la de Kóshel. Luego se animó, se embriagó, empezó a fanfarronear y volvió a relatar cómo había servido honrada, noblemente, en casa de un sacerdote, y con cuánta astucia había casado a su hija varios años antes. Se sentó a la mesa devorando con avidez trozos de jamón crudo y anunciando con aire autosatisfecho:
—Bueno. Matriushka, hija mía, ya ve usted, andaba tras ese Yegor. En fin, le echaba ojitos y andaba tras él. No pasaba nada.
Una tarde estaba yo sentado, así, cerca de la ventana, cuando vi a Yegor pasar junto a la isba una vez, y otra vez, y esa hija mía no paraba de asomarse, de asomarse a la ventana. Eso significa, me dije a mí mismo, que ya han arreglado el asunto.
Y le dije a mi mujer: «Ve a darle de comer al ganado: yo me marcho, que me han llamado a la asamblea de la aldea».
Me senté en la paja detrás de la isba, y allí me quedé sentado esperando. Y empezó a caer la primera nieve. Y vi a Yegorka venir escabulléndose otra vez. Y ella también estaba lista. Se fueron detrás del sótano; luego… se metieron a toda prisa en la isba, la nueva que está vacía al lado. Esperé un rato…
—¡Una bonita historia! —comentó Kuzma con una risa avergonzada.
Pero Syery lo tomó como un elogio, como un entusiasmo ante su ingenio y su astucia. Y, sintiéndose un héroe, continuó, ora alzando la voz, ora bajándola con sazón: «Así que allí me senté a escuchar, y a esperar a ver qué pasaba después. Así que, como iba diciendo, esperé un poco... y luego me fui tras ellos. ¡Salté el umbral... y directo a por ella, y la agarré! ¡Si no estarían asustados, vaya... horriblemente! Él cayó de bruces al suelo, tan flojo como un costal... bien indefenso como para que cualquiera le