Una vez más la puerta se abrió de par en par, una vez más hubo vapor y frío. Entró Odnodvorka, cargando una estampa sagrada adornada con cintas metálicas y apartando a la gente de su camino, seguida por la Novia con un vestido azul con sobrefalda. Todos exclamaron con admiración; estaba tan pálida, dulce, callada y encantadora.
Vaska, con el revés del puño, le propinó un sonoro golpe en la frente a un pilluelo de hombros anchos y cabeza grande cuyas piernas eran tan torcidas como las de un perro dachshund; luego arrojó sobre la paja en el centro de la choza el viejo abrigo corto de piel de alguien. Sobre él fueron colocados los novios.
Kuzma, sin levantar la cabeza, tomó la imagen santa de las manos de Odnodvorka. Se hizo un silencio tal que era audible la respiración sibilina del muchacho curioso de gran cabeza. La novia y el novio cayeron de rodillas simultáneamente y se postraron a los pies de Kuzma. Se levantaron y de nuevo se hincaron de rodillas.
Kuzma miró a la Novia; y en sus ojos, que se cruzaron por un instante, hubo un destello de horror. Kuzma se puso pálido, se dijo a sí mismo aterrorizado: «En otro minuto arrojaré esta imagen santa al suelo».
Pero sus manos hicieron mecánicamente la señal de la cruz con el icono en el aire; y la Novia, rozándolo apenas con sus labios, los fijó en la mano de él y tímidamente se estiró hacia los labios de este. Él empujó la imagen santa en las manos de alguien a su lado, aferró la cabeza de la Novia con paternal dolor y ternura, y, al besar su nuevo y fragante pañuelo, estalló en dulces lágrimas.
Entonces, al no ver nada a causa de las lágrimas, se dio la vuelta y, abriéndose paso a empujones entre la gente, entró a grandes zancadas en el vestíbulo. Ya estaba desierto. El viento cargado de nieve le azotaba el rostro. El umbral cubierto de nieve brillaba con blancura a través de la oscuridad.