Kuzma se quedó en su cama casi un mes, por culpa de Ivanushka. La mañana de Epifanía la gente pregonaba que hasta un pájaro volando se congelaría, y Kuzma ni siquiera tenía botas de fieltro.
Sin embargo, fue a echarle un último vistazo al difunto. Sus manos, cruzadas y rígidas bajo su enorme pecho sobre una camisa de cáñamo limpio, deformadas por durezas callosas tras ochenta enteros años de un trabajo rudimentaria y pesadamente duro, eran tan toscas y aterradoras que Kuzma apartó los ojos apresuradamente.
Y fue incapaz de lanzar ni siquiera una mirada de reojo al cabello de Ivanushka y a su muerto rostro de fiera. Le subió la percalina blanca por encima lo más rápido que pudo. Y de debajo de la percalina brotó de pronto un olor dulzón, sofocantemente repulsivo. …
Con el propósito de entrar en calor, Kuzma bebió un poco de vodka y se sentó frente a la estufa que ardía con fuerza.
Hacía calor allí, en el garitón del guardia, y estaba tan limpio como para un día de fiesta. Sobre la cabecera del espacioso ataúd de color púrpura, cubierto de percal, parpadeaba la llama dorada de una pequeña vela de cera adherida al oscuro icono de la esquina; y una estampa barata, fabricada por los hermanos Josif, brillaba con colores vivos.
La amable esposa del soldado levantaba con facilidad con su tenedor de horno e introducía en este las ollas que pesaban al menos un pud, charlaba alegremente sobre el gobierno, añadía combustible y no cesaba de suplicarle que se quedara hasta que su esposo regresara del pueblo.
Pero Kuzma temblaba de fiebre; su rostro le quemaba por el vodka que, circulando como un veneno por su cuerpo helado, comenzó a provocar que lágrimas sin motivo brotaran de sus ojos.