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nydus/The VillagePublic
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XV

Durante la noche la lluvia volvió a caer a cántaros, y estaba tan oscuro que uno no veía su propia mano ante sus ojos. Tijón Ílitch dormía mal y rechinaba los dientes atormentado. Tenía escalofríos —evidentemente se había resfriado al quedarse de pie en la carretera por la tarde— y el abrigo que se había echado encima se deslizó hasta el suelo, e inmediatamente soñó con lo mismo con lo que siempre había sonado desde la infancia, cada vez que se le enfriaba la espalda: el crepúsculo, callejuelas estrechas, una muchedumbre apresurada, bomberos galopando en pesados carros tirados por fieros caballos de carga negros. Una vez se despertó, encendió una cerilla, miró el reloj de tic-tac —marcaba las tres— y recogió el abrigo; y, al quedarse dormido, el pensamiento de Zhijáriov acudió una vez más de forma angustiosa a su mente. Y a través de sus sueños le obsesionaba un pensamiento persistente: que estaban saqueando la tienda y se llevaban los caballos.

A veces le parecía que se hallaba en la posta de Dankova, que la lluvia nocturna tamborileaba en el cobertizo sobre la puerta y que la campanilla de arriba era tirada y repiqueteaba incesantemente: unos ladrones habían venido y se habían llevado allí, a través de la oscuridad impenetrable, a su espléndido semental, y si llegaban a descubrir su presencia allí, lo asesinarían.

Y de nuevo la consciencia de la realidad volvía a él.

Pero incluso la realidad era alarmante. El viejo sereno caminaba bajo las ventanas con su mazo, pero parecía como si estuviera muy, muy lejos; como si el perro pastor, con roncos gruñidos, estuviera despedazando a alguien —hubiera corrido hacia los campos con ladridos tempestuosos— y de repente se hubiera presentado de nuevo bajo las ventanas y tratara de despertarlo plantándose en un solo sitio y ladrando con furia.

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