¡Era evidente que el vestíbulo, que olía a nieve, a paja y a collerones, estaba vacío! ¡Era evidente que él, enfermo e indefenso, se encontraba completamente solo en aquella casita oscura y helada, donde las ventanas brillaban tenues y grises en medio de la noche invernal, con aquella jaula inútil colgada a su lado!
—Señor, sálvanos y ten piedad; Señor, ayúdanos de algún modo —murmuró, enderezándose y buscando a tientas con manos temblorosas en sus bolsillos.
Quiso encender una cerilla. Pero su murmullo era febril; algo crujió y repercutió en su cabeza ardiente; sus manos y sus pies estaban helados como el hielo. Klasha vino, abrió la puerta de par en par rápidamente, le colocó la cabeza sobre la almohada y se sentó en una silla al lado del diván. Estaba vestida como una señorita, con una capa de terciopelo y un pequeño gorro y un moflete de piel blanca; sus manos olían a perfume, sus ojos brillaban, sus mejillas se habían vuelto carmesíes por la helada. «¡Ah, qué bien ha salido todo!», susurró alguien. Pero lo que no era agradable era que Klasha, por alguna razón, no hubiera encendido la lámpara; que hubiera venido, no para verle a él, sino para ir al funeral de Ivánushka; que de repente empezara a cantar, acompañándose con una guitarra: «Haz-Bulat, el intrépido, tu choza de la montaña es pobre». … Luego, de repente, todo aquello se desvaneció; abrió los ojos, y no quedó ni rastro de aquel misterioso, agitador y alarmante asunto que le había llenado la cabeza de tonterías. De nuevo contempló la habitación oscura y fría, las ventanas de brillo grisáceo; comprendió que todo a su alrededor era simple y sencillo, demasiado simple, que estaba enfermo y muy, muy solo. …
En la melancolía mortal que envenenaba su alma al comienzo de su enfermedad, Kuzma había delirado con el camachuelo, Klasha, Vorónezh. Pero incluso en su delirio nunca lo había abandonado la idea de que debía decirle a alguien que debían compadecerlo en un aspecto: