Las velas encendidas las sostenían únicamente el novio y la novia, y en su mano el sacerdote de piel morena. Tenía los pómulos salientes, se inclinaba profundamente sobre su libro, que estaba todo salpicado de gotas de cera, y leía de prisa a través de sus gafas. En el suelo había charcos de agua; se había metido mucha nieve en las botas y en los zapatos de corteza de abedul. El viento de la puerta abierta les soplaba en la espalda. El sacerdote miraba severamente ora a la puerta, ora al novio y a la novia, a sus formas tensas, preparadas para cualquier cosa que pudiera presentarse; a sus rostros, congelados, por decirlo así, en la obediencia y la sumisión, iluminados desde abajo por el brillo dorado de las velas. Por costumbre, pronunciaba algunas palabras como si las sintiera, haciéndolas destacar de las oraciones conmovedoras; pero en realidad no pensaba en absoluto en las palabras ni en aquellos a quienes iban dirigidas.
“—Oh, Dios purísimo, Creador de todo ser viviente —dijo apresuradamente, ora bajando, ora alzando la voz.
—Tú que bendijiste a tu siervo Abraham, y, abriendo el seno de Sara... que diste a Isaac a Rebeca... que uniste a Jacob con Raquel... dígnate conceder a estos tus siervos...”.
—¿Nombre? —se interrumpió con un susurro severo, sin alterar la expresión de su rostro, dirigiéndose al lector laico—. Y, habiendo captado la respuesta—: Denís, Avdotia —continuó, con sentimiento—:
“ ‘Concede a estos tus siervos, Denis y Evdokhia, una vida pacífica, prolongación de días, castidad… concédeles ver a los hijos de sus hijos… y dales del rocío del cielo de lo alto… Llena sus casas de trigo, vino y aceite… ensálzalos como a los cedros del Líbano…’ ”