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nydus/The VillagePublic
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XV

Se sentía agotado; sin embargo, se puso el abrigo y, venciendo un pequeño escalofrío en las entrañas, salió al porche, cubierto con las huellas de los perros, hacia el frío glacial de aquella pálida y tormentosa mañana.

Por todas partes el suelo estaba anegado de charcos color plomo; todos los muros se habían oscurecido con la lluvia.

—¡Buena gente, estos obreros! —se dijo con enojo.

Apenas lloviznaba.

“Pero seguro que a mediodía volverá a diluviar”, se dijo.

Y miró con sorpresa al peludo Buyán, que salió corriendo hacia él de debajo del granero. Tenía las patas llenas de barro, pero él mismo bullía de emoción, sus ojos brillaban, su lengua estaba fresca y roja como el fuego, y su aliento sano y caliente exudaba un claro olor a perro. ¡Y eso después de haber estado corriendo y ladrando toda la noche!

Cogió a Buyan por el collar y, chapoteando en el fango, dio la ronda inspeccionando todos los cerrojos.

Luego encadenó al perro bajo el granero, volvió a la antesala y echó un vistazo a la amplia cocina, la vivienda propiamente dicha.

La vivienda despedía un olor cálido y repulsivo; la cocinera dormía profundamente sobre un banco-cajón desnudo, bajo los santos iconos, con la cara cubierta por el delantal, los lomos al descubierto y las piernas calzadas con enormes botas de fieltro viejas, con las suelas gruesamente embarradas con la suciedad de los suelos de tierra.

Oska yacía en la tarima boca abajo, completamente vestido, con su corto abrigo de piel de oveja y sus alpargatas de corteza de abedul, con la cabeza enterrada en una almohada pesada y sucia.

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